Un Águila llegó a mi casa
Era lunes, 16 de marzo de 2020, cuando apareció un Águila gigante en el salón de mi casa. Era enorme, majestuosa, con un precioso plumaje blanco alrededor del cuello y un pico color dorado. Tras mirarla unos segundos me invitó sin palabras a emprender un viaje con ella. De alguna manera, sabía para qué había venido aunque mi mente no pudiera concretarlo.
Acabábamos de empezar el confinamiento debido a la crisis del Covid-19. La cifra de fallecidos y contagiados era muy baja en comparación con lo que vendría después, pero una gran nube de incertidumbre y desasosiego se cernía sobre nuestras cabezas. Los hechos que siguieron las siguientes semanas fueron aún más demoledores de lo que esperábamos todos.
Pocos segundos antes de su aparición, camino a mi cojín sentí que algo diferente y profundo iba a vivir en esa sesión, es algo que a algunas veces sucede –las menos-, cuando el campo de energía se abre muy rápido nada más sentarse.
Y allí estaba el Águila. Su altura era mucho mayor que la de mi salón, con lo que era imposible ver su cuerpo entero. Muy rápidamente su sola presencia se convirtió en un estado alterado de conciencia. Disipadas las dudas sobre realidad o fantasía, me decanté a favor de la realidad, accedí a su invitación y entrar profundamente en la experiencia. No se reciben visitas así de interesantes todos los días y menos desde que iniciamos el confinamiento.
Al principio la fusión con el Águila era parcial. De alguna manera me había convertido en sus ojos, cabeza y parte de su cuello pero no en todo su cuerpo, que se presentaba como algo diferente a mí. Éramos un solo ser, y al mismo tiempo dos seres separados. Ahí estábamos los dos, fusionados mitad humano, mitad Águila como seres mitológicos cuando emprendí un vuelo sin poder saber a dónde me llevaría. Sospecho que el Águila en cambio conocía perfectamente el destino de nuestra aventura.
Partimos desde el balcón de mi casa, con un aleteo lento y sostenido por la enorme fuerza de sus alas, para sobrevolar en pocos minutos la tierra en que nací y crecí. Pero ahora miraba como mira un animal, sin recordar, sin interpretar y lleno de ese saber instintivo que no tiene palabras, ni yo podría ponérselas.
Al sobrevolar Bilbao, el Águila giró su cabeza hacia mí y las sensaciones animales se convirtieron en breves palabras.
-“Los humanos no conocen el sentido de la Vida”.
No dijo nada más.
Todavía en parte humano, mantuve la atención suficiente para no convertirlo en una construcción mental, un riesgo que está presente en toda sesión de meditación. Esa frase podría tener muchos significados, al fin y al cabo es algo muy conocido que a los humanos se nos ha olvidado vivir, y muchos reconocemos lo enferma que está la especie humana. Era una afirmación conocida desde hace tiempo y que comparto desde hace años. Pero algo me decía que sus palabras encerraban un significado mayor.
Seguimos nuestro vuelo hacia el sur, hasta sobrevolar la ciudad de Madrid que estaba en pleno estallido de la crisis sanitaria y económica, muy lejos aún de lo que sucedería dos semanas después. Volamos muy alto donde el miedo a la pérdida, el dolor, el desconcierto y el enfado se podían sentir en todas las partículas del aire.
Otra vez fusionado con el Águila continuamos nuestro rumbo hacia África entrando por Marruecos. “Aquí hay una mayor conexión con la vida”. No fue un pensamiento, llegó en forma de certeza, desde otro lugar.
Y entonces por un momento una parte de mi mente empezó a cuestionar la experiencia chamánica. Es un tópico decir que existen países donde la conexión con la naturaleza es mayor, pero mi cabeza veía las desigualdades sociales, la falta de democracia, la discriminación de la mujer, mayor fanatismo religioso y cruentas guerras. ¿Cómo va a haber una mayor conexión con la vida cuando se la respeta tan poco? –decía mi parte escéptica, que amenazaba con interrumpir el vuelo.
Volví a respirar, recuperar mi atención, escucha y a dejar mis creencias a un lado. Quizá al fin y al cabo estar en mayor conexión con la vida es algo más sutil y delicado que la construcción mental y juicio que hacemos sobre lo que es la Vida desde comunidades supuestamente más avanzadas socialmente.
Seguimos nuestro vuelo hacia el mismo corazón de África para posarnos en un árbol en medio de la selva. Ya era de noche y el miedo me sobrecogió. Se podían intuir figuras en los árboles, ojos que miraban y acechaban desde la oscuridad, ruidos inquietantes que me rodeaban y quise salir de la experiencia para volver a mi cojín de meditación en el salón de mi casa. El Águila me sostuvo anclada al árbol durante un buen rato haciéndome sentir toda mi inseguridad humana en un entorno en el que poco podía hacer por sobrevivir, el miedo era muy real, y vivir o no, no dependía en absoluto de mí. Un miedo tan real como la oscuridad de la noche que me rodeaba.
Empezaba a profundizar más en la meditación, acallando cada vez más mis resistencias interiores envuelto por el abrigo inquietante de la naturaleza.
Entonces algo sucedió, el cuerpo del Águila y el mío propio se diluyeron hasta fusionarse con el árbol. Yo seguía a lomos del Águila que descansaba en una gruesa rama, cuando comenzamos a viajar a través de las moléculas y átomos que conforman su tronco y raíces, que se abrían a nuestro paso hacia abajo.
El Águila me llevó a cientos de metros de profundidad hasta las entrañas de la tierra para ver con mis propios ojos un Ser diferente. Un gusano gigante, de otro plano de realidad, pero realidad igualmente. El gusano se alimentaba de la tierra en la que habitaba, se movía muy rápido. Mi primer reflejo fue activar mi estado de alerta, preparándome para luchar de alguna manera con él, como otros tantos seres había enfrentado en otras ocasiones de conciencia ampliada.
El Águila en cambio fue muy clara:
–No te corresponde, el gusano tiene su función para el planeta.
Sentí de nuevo el frío en mis tripas, esperando que el gusano no hubiera detectado mi amenaza y se convirtiera en una lucha encarnizada. Su gran tamaño y nivel de realidad prometían una dura batalla.
Nada de eso sucedió. El Águila me sacó de allí convirtiéndose en una especie de Pájaro de luz. Su vuelo emprendió el ascenso a gran velocidad sacándonos a los dos de la órbita terrestre y comenzando un viaje hacia algún lugar del universo.
Los destellos y luces se sucedían a gran velocidad y me anticipaban la entrada en un nivel de conciencia aun más profundo que el anterior, casi un trance. No recuerdo mucho, se trataba de un viaje dimensional sin percepción alguna del espacio y el tiempo. Podía estar viajando por un sistema solar cercano, o por otro a millones de años luz. Lo que sí recuerdo con claridad fue acercarnos un planeta y sentir su gravedad. Incluso en ese estado alterado había una pequeña intención dirigir el vuelo y traté que el Águila de Luz me llevara a la superficie de ese planeta, pero no era yo quien dirigía nada desde que salimos del balcón de mi casa. El Águila siguió su rumbo hacia un agujero oscuro, una especie sumidero de energía.
La fuerza de succión nos arrastró hasta sentir como nuestros cuerpos se deshacían de nuevo, y entramos a viajar por un túnel. Tiempo y espacio eran dos conceptos absolutamente desconocidos en ese momento.
Al final del túnel, mi conciencia se desparramó hasta convertirme en observación dejando de ser quien observa. Era la propia observación.
Entonces vi la formación de lo que sin duda acabaría convirtiéndose en un cuerpo celeste. Miles de millones de partículas de energía orbitando alrededor de una estructura que tenía la intención de convertirse en una esfera de energía densa, lo que los humanos percibimos como negativa. Estaba asistiendo al nacimiento de algo que se nutría de un chorro de energía que le llegaba de otro lugar. Permanecí maravillado ante la grandiosa escena mientras perduraba el trance.
Una vez pude recrearme unos minutos en lo que contemplaban mis ojos, el Pájaro de luz comenzó su viaje de regreso por todo el camino recorrido. Volvimos a atravesar el túnel de luz y salimos del agujero de nuevo. Dejamos a la derecha el planeta que despertó mi curiosidad a la ida pero esta vez seguimos el vuelo con la determinación de quien sabe hacia dónde va siguiendo su intuición, sin saber realmente el desenlace final de su viaje.
A lo lejos, podía ver la Tierra, distinguir el azul de sus aguas, cuando algo lo alteró todo y volví a experimentar un cambio repentino de vibración. Fue un instante que nos llevó a un nivel de conciencia todavía mayor, donde aparecí al lado de un Ser de presencia inmensa. Era pura conciencia, sentí a Jesús y a Buda en una misma figura. Me inundó su paz inmensa y serenidad, la ausencia absoluta de juicio. Volví a convertirme en pura observación esta vez amplificada por la conciencia ilimitada de la presencia junto a la que permanecía inmóvil. Una observación con infinidad de direcciones simultáneas pero con el foco bien fijado en lo que miraba.
Entonces miré de nuevo la tierra a un lado y a lo lejos podía intuir la esfera naciente de energía densa que acababa de contemplar, alimentándose del conjunto de emociones densas provocadas por el Coronavirus.
¡Esto era!
Una certera comprensión sucedió en mi interior. La crisis sanitaria, el miedo, la soledad, la muerte, las pérdidas económicas y la incertidumbre estaban generando un conjunto de emociones indispensables para la creación de la nueva formación material celeste en algún lugar remoto del universo. La ansiedad, la desesperación, el dolor estaban al servicio de la creación de una nueva pieza que de alguna manera era importante para la evolución y creación de un nuevo equilibrio en el cosmos.
La paz seguía siendo inmensa, la neutralidad, la observación, la maravilla de la comprensión seguían siendo dueñas de mí gracias al Ser que me acompañaba.
Recordé la frase del Águila:
– Los humanos no conocen el sentido de la Vida.
Comprendí entonces la función de los humanos, desde una de las tantas miradas como permite la conciencia. La importante misión que tienen para el conjunto del universo, en su expansión y desarrollo. Desde la tierra los humanos alimentamos a través de nuestras vivencias emocionales la materia prima que será necesaria para un propósito mayor. Propósito mayor que sin duda es compartido por otras civilizaciones y otras formas de vida, en otros rincones y lugares remotos. Qué podría ser el universo sino un reflejo material de lo que vivimos, o visto de otra manera, lo que vivimos es un reflejo del movimiento material cósmico en un movimiento perfecto de tensiones emocionales y materiales.
Pude percibir también la polarización, la dicotomía luz y sombra, lo positivo y negativo, la contracción y la expansión humana y cósmica como una forma indispensable de generar energía y movimiento. Al igual que podemos generar electricidad a partir de dos imanes, la fuerza de atracción entre polos opuestos genera la energía necesaria para procesos mayores que se dan en otras dimensiones lejanas a nuestra percepción.
Entendí que la tierra, incluyendo su materia y los seres que la habitamos estamos asistiendo a una catarsis. A una explosión de energía acumulada tras una larga enfermedad, que de alguna manera también es liberada con un propósito. Todo encajaba.
No había juicio en mi, ni preferencias, ni deseos, ni miedo, ni emoción alguna. No necesitaba que la tierra dejara de sufrir, ni que los humanos nos salváramos de esta y de otras tantas crisis que vendrán. Sólo se trataba de verlo, y vivirlo.
Entendí que todas las piezas estaban minuciosamente enlazadas, y que no me tocaba a mí juzgarlo. El sentido de la vida parecía nuevamente disponernos al servicio de algo más grande que nosotros, que nos facilita la experiencia de Ser mientras contribuimos al desarrollo del propio universo. Un poco de luz ante la incomprensión e incertidumbre que estaba viviendo estos días.
Entonces el Águila volvió a emerger y me llevó de vuelta hasta la tierra, hasta el cojín de meditación del salón de mi casa. Bajé de su lomo y con una profunda gratitud me despedí de ella, deseando que volviera a visitarme algún día.
Al salir de la meditación tomé una nueva mirada sobre la importancia de vivir lo que toca. No es un mensaje nuevo, se ha repetido miles de veces en innumerables escuelas de crecimiento psicoespiritual. Cobró aún más fuerza la importancia de conectar intensamente con la profundidad de cada momento presente para abrir nuestra percepción y conocimiento de lo que somos, y contribuir cada uno con su papel a esta experiencia conjunta de servicio a Algo más Grande.
Rendirse al momento presente una y otra vez para Despertar, recuperando nuestra existencia abrigada por el Amor infinito con el que somos creados.
Vuelve a visitarme algún día, Pájaro de luz.

