Dejando los juicios atrás
Filtramos la realidad a partir de nuestro pensamiento, de nuestro sistema de creencias adquiridas de la familia, sociedad, experiencias propias etc. para juzgar un determinado evento como bueno o malo, en función de si lo consideramos adecuado o no para lo que entendemos que debería ser nuestro bienestar y el cumplimiento de nuestras expectativas.
La proyección de nuestra mente sobre el mundo material nos genera una percepción de lo que ha sucedido y la manera que impacta eso sobre nosotros, lo que nos va aportando información sobre nuestro paso por la vida. Como si se nos fueran colocando pegatinas que acentúan con el tiempo nuestros juicios y forma de ver las cosas.
Al igual que las palabras nuestro propio pensamiento también genera realidades y cuanto más lo proyectemos más se nos confirmará lo que pensamos de la vida, de nosotros/as mismos/as, de los demás, porque el escenario no parará de demostrárnoslo, dado que para muchos de nosotros la realidad es lo que pensamos de ella y poco más.
La cerrazón mental nos puede salir muy cara a la hora de crecer y evolucionar. Con un poco de suerte, quizá nos sucedan cosas en la vida que nos permitan derribar esas opiniones, pero lo mejor es no esperar a que eso suceda de forma traumática y hacer un trabajo continuo de no enjuiciar, que no es más que otro sinónimo de “Aceptar con mayúsculas”
¿Es el juicio un acto humano de soberbia sobre lo que Es?
¿Es la actitud enjuiciadora un desafío irresponsable a la propia vida con derrota asegurada?
Soltando la tendencia enjuiciadora (que tanto nos cuesta), y haciendo una observación más limpia y con distancia de los sucesos podremos liberarnos cada vez más de la interpretación de la realidad y profundizar en el mundo de las sensaciones y sentimientos más puros y genuinos inherentes como seres humanos, como el amor, la aceptación, el perdón, la alegría. Es difícil entender que aquello que consideramos “malo” presenta una oportunidad de oro para nuestra evolución y profundización interior, pero dándole un “para qué” toda experiencia tiene un significado, y por tanto toda experiencia es útil.
También podemos asumir que no todo lo podemos comprender en un momento dado, pero que en algún momento aparecerá la respuesta, y en un tiempo hagamos “ese click” que le da sentido a toda experiencia pasada, buena o mala.
Si toda vivencia es necesaria para mi evolución, bienvenida sea toda experiencia de aprendizaje sin juicios
Esto implica tener la valentía de no pensar lo que siempre piensas, aceptar tu humildad existencial ante lo que tienes delante, des-identificarte un poco de tus propias ideas, pensamientos y creencias (que duele un montón) y desde ahí poder fluir con lo que viene hacia a ti de otra manera.
Para eso hay que eliminar los juicios, y hacernos ese enorme favor de no clasificar los sucesos “a favor o en contra de nuestros deseos”, sino posicionarlos siempre “a favor de nuestro Ser” aunque eso implique una revisión de dichos deseos y un -a veces difícil- trabajo personal de aceptación de lo que la vida nos trae, asumiendo al mismo tiempo nuestra propia responsabilidad sobre la creación de nuestra realidad.
Pero la existencia de juicios es inherente a nuestra naturaleza humana y tienen un papel muy importante: le dan contenido a la experiencia de vivir, le ponen picante a la vida, roce, fricción, experiencia, desgaste emocional, subidas y bajadas en el Ego, en definitiva un intensísimo aprendizaje que vale la pena.
Y al fin y al cabo, ¿no estamos aquí experimentando las emociones y aprendiendo de nosotros/as mismos/as?
Todas las personas actuamos con un mayor o menor grado de enjuiciamiento del mundo exterior y por lo tanto es un indicador que habla de nuestro nivel de comprensión, pero si queremos seguir evolucionando, crecer en conciencia y abrir nuevos campos de experiencia, los juicios deben quedar cada vez más atrás.